Hojas Rotas.

Últimamente he notado como una significante masa de personas viven comentando al aire, para llamar la atención u orgullosamente esperar indirectamente la ayuda de un conocido o extraño, cuánto dolor, frustración, enojo, entre otras emociones negativas, provoca una persona en la que nos apoyamos tanto al punto de entregarle nuestro “certificado” de felicidad. Es algo que casi es obligado en la vida; todos alguna vez en sus vidas han permitido que esto ocurra, sea de jóvenes o ni tan jóvenes… El punto es que esta es una de las situaciones en la que no podemos permitir que ocurra por segunda vez.

 

Hago énfasis en que es casi obligado que esto ocurra, debido a, tal vez, la inocencia que tenemos y que, en algún momento, permitimos que alguien con ácido en las venas nos la arrebate. Busco comprender el por qué en estos días la gente permite que esto les pase en sus vidas infinitas veces, como si de una necesidad masoquista se tratase. Sólo sé que en la persona habita un vacío que busca llenar por alguna razón, sumándole inseguridad ante la vida, no necesariamente inseguridad social, sino de sí mismo… ¿Por qué hablo de esto y repito lo mismo con distintas palabras? Para hacer entender al lector que esto no debe ser una nueva regla de vida. No se puede permitir que esto ocurra. Obviamente, no tenemos conocimiento total sobre el prójimo, es decir, no sabemos qué tan cofiable sea y qué tan amigo sea, sino es conociéndole. Conociéndole es donde tropezamos y cometemos errores, que si se tratare de exceso de confianza o tener una perspectiva sobre él que sea equivocada, es comprensible esto. No lo es cuando ya sabes qué clase de cavernícola sea y te permitas a ti tratarlo como si fuese el dueño de tu existencia, refiriéndome en caso extremo.

 

Yo aprendí por las malas que no hay que dejar que otro sea el soporte de tu felicidad, pues la felicidad no depende ni del dinero, ni de la ropa, ni del éxito, ni de ningún lujo, mucho menos de cualquier persona, sea un amigo o hasta la madre de familia. Hay que entender que la felicidad se da cuando se vive en paz y armonía con todo lo que nos rodea. Cuando no permitimos que nada ni nadie nos amargue ni un segundo de nuestros días. Ahora, este bello sentimiento se comparte con nuestros seres amados y se busca sembrar en la gente que no conocemos. Se debe entender que el estar emocionado por amistades o enamoramientos con alguien y que este nos decepcione no puede dejar que nos caigamos. Debemos medir límites con nosotros mismos y no caer en el mismo agujero. Ninguna persona es tan vasta como para llenar ese vacío que, quizás, tengamos. Nada de dramas, que la vida no es ninguna novela. La gente que te ama comparte la felicidad contigo; está contigo siempre, y si ha de herirte alguna vez, lo emendará y no volverá a ocurrir. Soy muy puntual en esto. Pero lo más importante es que, por más descarado que suene, el culpable no es quien te hiere de nuevo, sino tú mismo al dejar que te vuelva a herir. No te dejes amargar por nadie que no te cause sonrisas, sino melancolía y tristeza. No dejes que tu vida gire en torno a alguien que te promete y no cumple. No dejes que tu vida gire en torno a nada ni nadie, sólo a las cosas bellas de la vida que Dios regala para nuestra travesía en este mundo, y con aquellas personas que nos aman por como somos y pensamos. Cuando comprendes esto, vale la pena sufrir una vez este tipo de situaciones, sólo cuando comprendes la verdad. Somos hojas que se desprenden de sus ramas y viajan con el viento longevo.

 

Algunas hojas se rompen con el viaje, pues se dejan quebrar, no seas una hoja rota, se aquella que llegará lejos, siempre verde y brillante en el cielo.

-Lunes, 24/10/2011. Escrito por Alejandro Viloria.

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