La Dramaturgia de los Tres Sueños.

Parte I: Rosea (Obertura).

Era una noche cobarde que se escapaba de sus manos. Temprano se iban las luces y eclosionaron los sueños de enigma y pasión. Fue el principio de la cadena de la regresión distorsionada. Se despierta el hombre confundido en el mar abstracto; flotando en las ideas salvajes que reposasen desde la eternidad de su nacimiento. Todo pasaba en un segundo. Nada ocurría realmente. Era la inmersión dentro de las aguas de la mente. El lado subconsciente, la otra cara de su yo. Yacía divagando y buscando la salida, sin conocer la realidad de su interior. Dormía en la lucidez de su sueño. El sueño misterioso, cuan rapsodia partida sonora en los espacios perdidos de su ser. No ha de parecer una coincidencia, ni que fueren escenas de una vida unidas en una locura visual.

Empezó la novela, con adrenalina desde aquel pasillo. Todo convergía en una dimensión de siete cerámicas entre puerta y puerta. Él caminó con la esperanza maldita de salir de allí. Caminó los siete pasos tomando la mano del silencio y mirando, hipnotizado, persuadido por el guión del subconsciente. Mordió el anzuelo de lo absurdo, de que no hay física ni respeto a la lógica del hombre; todo se dibujo, como el trazo de un niño en sus cuentos  de inocencia. No había suelo, ni hablar de la reminiscencia de las paredes. No había nada, sólo él flotando como el títere de su mente.

¡Perdido estaba! ¡Soledad le hablaba y el callaba!

No sabía cuál era su cometido en aquel relato disparatado. No entendía, pero a la vez sabía el sentido de la psicodelia de su pesadilla. Empezó a escuchar ruidos, todos unidos y dispersos. Era gente, eran voces… sus voces. Gente en sus vidas, viviendo sus consecuencias y metas. Sólo uno le habló directamente. Aquel que notó la existencia del protagonista arropado en el anonimato del mundo. Apareció ella, seductora, sedienta de placer y disfrazada de la belleza de una mujer, maquillada con pasión, picardía y la morbosidad de la fantasía.

Eran ambos flotando en un crepúsculo mental. Entre rosados y amarillos dorados. Un morado tímido lineaba en todo el horizonte, ante las peticiones sordas de aquella mujer. Cabello bañando en agua rosada, ojos de la misma tonalidad… Blanca con el Limbo de la nada y sus ropas rasgadas referenciando el vicio del amor. Él se sometía a su voz angelical y a lo que ninguna mujer hablaba normalmente. Era una danza, un ritual, una conversación inusual. Era carne y era el arte de lo que dos callaban por respeto, lo que guardaren en el casillero de lo íntimo. Sin amor, sólo diversión, era una vez, sólo eso. Era la fusión de dos cuerpos por la necesidad del desahogo, como si se bebiese agua, o se alimentase de la naturaleza, el respirar mismo del aire puro. Ella se río ante la iniciativa del hombre. Era viernes, fecha del ritual. El crepúsculo se apagó en la oscuridad del adiós, abrió sus ojos, confundido.

Parte II: Viridis.

Cerró sus ojos para abrirlos ante el estruendo de la centella que cayó sobre los mares cerreros como el plomo entre tintes azules profundos. Él reconoció personas remotas de sus ayeres. Gente que vio alguna vez y con la que cruzó palabras moribundas de interés. Se abrió el telón con la sorpresa de ver un conocido teñido con feminismo burdo y mal tatuado. Rayos caían para espantar los saludos. Una maleta apareció de la mano del soñador. Una maleta pequeña, pero pesada, llena de, quizás, recuerdos reposando, esperando su aparición en el teatro. Era el aeropuerto de los reencuentros. Uno pequeño, porque reencuentros fueron pocos. La oscuridad lo besó, se torció el destino a otro escenario, no pasaron ni dos segundos humanos en el suceso. Era una noche naciente con las nubes negras como el diamante de la muerte. Mucha gente pasaba, sin rostro, sin vida. Sólo una tenía dibujada la normalidad de la anatómica verdad humana… y  con sus ojos penetraba al alma del hombre. Un desconocido, una persona que cruzó miradas en la realidad en algún momento de su existencia, la presentó. Su nombre fue sordo, o nunca se mencionó, el sueño así lo deseó…

Con soberbia y egocentrismo, la Venus vestida de elegancia y negro, con cabellos dorados como el oro caliente, y sus ojos verdes profundos, como los jardines del Edén mítico y dormido en los cielos de los creyentes. Ella se presentó ante la incomodidad del hombre perdido en el espacio. No era un bar de hotel, como así se dibujó, era el coliseo mental entre la dama venenosa y el gladiador temeroso. Sin César, sólo ellos dos, ante la multitud de fantasmas que poblaban el bar. En una fuente en forma de cascada, con rocas incrustadas por detalle del arquitecto… Algo sucedió, un grito interno le despertó. No era mucho el tiempo, pues el sueño se daría cuenta. Vio con la lucidez del mundo aquella dimensión… Vio el rostro de ella, en consternación. Preguntas saltaron en la mente del soñador. Preguntas de una mente hacia la misma mente. ¿En dónde estaba? ¿En dónde la vio? Ya la conocía del mundo, pero no sabía si era conocida, una extraña que pasó o hasta una actriz de televisión. Era una incógnita que se tatuó en el hombre y que se apegó. No pasó mucho tiempo para que el consciente muriera ante el subconsciente. Ella cambió…

De ser amarga como la semilla de un limón, se apoyó en el pecho del soñador. Otro gritó resonó en él. Se acordó de ella, otra mujer. Comenzó a llorar la dama de ojos verdes sobre los brazos del confundido. De nuevo sintió la esencia de otra persona, una fémina de importancia para su ser. Eran la egocéntrica, la princesa y la esclava del dolor, todas juntas en la perfección. Un beso selló el papel de la obra. El sol salió abrupto, de entre las nubes y sin la fe del tiempo. Ella sonreía feliz… evocando a la princesa cuyo nombre eran de tres letras compuestas. Su perfume era el de ella, pero a la vez de las demás presencias.

De la mano le tomó a él, entre palabras de amor conversaron y la química burbujeaba en los labios de los enamorados. Otro despertar sucedió, ante los ojos del mundo él la volvió a ver, con el rostro deforme como el de un cerdo, y las uñas de bruja… uñas verdes como los ojos de lo que fue anoche. De dama de porcelana a ogro pestilente, ella se convirtió ante las risas del sueño. Jugando con los viejos amores, convirtiéndolos en una mujer, destruyéndola en el porqué. El porqué ellas se borraron de la existencia de él y el porqué no eran merecidas ni aquel soñador para ellas o ellas para su ser… Él la vio entre el romance de lo que fue y el horror de lo que es. Ante esta paradoja, él pronunció palabras de desaliento, y un último grito, real, se estremeció en el hotel, en sus playas, en los cielos, despertándolo en medio de la oscuridad, dejando la estela de su aliento en el cuello. Él volteó y no comprendía, pues no pasó un segundo después estar sujeto a la poesía de los sueños. El susto del entendimiento le azotó… No estaba solo, o era su misma mente jugando. El cielo se encontraba con aquellas viejas nubes negras, como si aquella mujer supiese que han soñado con ella.

Parte III: Canitia.

Era otra noche, un pedazo de las otras dos. El último, de que, lo más probable, sucedan otras con la misma magia añeja. Era de día en la mente, mientras dormía la fría noche aquel joven. Todo estaba vacío, era un laberinto de metal con concreto lleno de locales vacíos, un espacio en el cual retumbaban los ecos más sutiles.

Acompañado de amistades viejas, bastante sonadas y que se distanciaron en las aguas del destino, allí caminaban sin rumbo aparente, pero bien compenetrados con lo que el sueño allí quería. Paseaban, simulando un día real, naciendo desde el concreto. Allí, uno de ellos señaló hacia la luz que se escurría por un pasillo desnudo ante el aire; sin paredes ni techo. Uno dijo que era una sombra, otro que era un manto, y el último una persona. Caminaron hasta llegar al lugar, sin que nada ocurriese, como una visión dentro del paradigma del sueño.

El tiempo perdió su hilo y le mordió la serpiente de lo desconocido, desapareciendo todos, excepto el elegido, quien se posaba en un local vacío, el más grande, el del segundo piso del recinto imaginario. Allí una mujer le habló, la cual le deslumbró con su casual belleza. Esta sin elegancia, más sí cubierta con la sencillez de la mujer simple. Con pantalones naranjas, y camisa de tiras con azul y vino tinto, como cuan señorita del presente conocido. Sin ofrendar amores del siglo pasado, sin referencia al romanticismo atesorado, suscitó una conversación normal, como si el sueño permitiese la entrada de los sonidos de afuera, del mundo. No se entendían los motivos, más las palabras eran cuerdas, tendidas de los hilos de la realidad cuasi muerta. Entre arrebatos de romance y deseos íntimos, el sueño deseó un lazo conjunto. Pasaron meses, o así él sintió. Ya junto a la dama trigueña, de piel no muy blanca, pero tampoco morena y sus ojos grises que decoraba su rostro fijo, con su cabello largo y castaño, brillante como un trigal ante los rayos solares. Aquella sonrisa traía recuerdos de afuera, sin saber quién era, sólo reconocía la sonrisa de ella….

Eran caminatas de una pareja de ensueño. Largas conversaciones, como fingiendo una relación con el maniquí de las perdiciones. Un sueño, nada más, otro de los pocos que dejan estragos emocionales y sábanas de recuerdos en las memorias de las buenas noches.  Sus ojos se combinaban con las luces, todo combinaba con ellos. Se encendió el fuego de la discusión, una discusión dulce. Una rabia con motivo doble, motivos que sólo entiende quien la comprende, pues la mujer no es de una verdad, sino de varias que convergen en su persona y en lo que necesita. No pasó mucho cuando se dibujó su sonrisa de perlas…

Un beso él quería y ella no se lo concebía, como castigo por el tropiezo que, como hombre, él cometió. No sabía cuál era, pero ya había consecuencias. Un rito de confianza era la prueba. Señales que sólo ella conocía e invocaba. Un viento estremecedor revoló entre sus cabellos y la escena cambió hacia las orillas del océano.

Estaba ella encima de él, riendo. Él, extasiado por su belleza, no pestañeaba para no desperdiciar ningún momento. Contempló cada detalle de la creación más divina, la mujer. Ella le decía lo feliz que era y que el futuro no existía ahora, sino ellos sobre la arena blanca que besaba las aguas frías y saladas de aquel mar eterno. Lo último que él vio de ella fueron sus ojos grises, como la espuma del mar bajo el sol durmiente. Gaviotas paseaban hacia el ocaso, mientras ella calló con un beso, cerrando ambos sus ojos, terminando aquel sueño.

Despertó él de los tres sueños, en la dictadura de la mente… En la eternidad de las líneas, los guiones y los gestos. Era la obra de teatro perfecta, con el único espectador, él mismo viéndose en el espejo de los deseos…

…Mujeres que fueron la mezcla de viejas vivencias. De fotografías de momentos que se guardaron en la reja de los sueños. Enamorado de mentiras, suspirando emociones. Sus rostros tatuados en su mirada, la felicidad que nunca existió, por siempre, en su mente, sepultada. Un hombre no olvida amores fuertes, pues siembran el futuro a un mejor amor. Otro sueño nacerá, y arrastrará la princesa de aquel que duerme entre los poemas narcisos de pasión, o quizás la lucidez brinde la energía de aquella que posee las llaves de la verdad añorada y del amor vasto.

Él volvió a dormir, sin saber si era sueño o era verdad, vio a otra distinta, y la conocía de sus vivencias en la realidad. ¿Quién era ella? Él lo sabía y caminó hacia su vida para encontrarse con la fugitiva ladrona de las miradas. No tenía ojos diferentes a los de él. Era alguien que el sueño trajo del mundo. Alguien que le haría a él creer más allá de los sueños y de las tierras…

-Escrito por Alejandro Viloria. Viernes, 08/02/2013.

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