20 Días de Paradoja. Acto 8:

Vine a escribir, Día.

 

Entonces llegué a mercado para comprar un poco de pan para la noche, fue un día agitado en el trabajo debido a que se decidió publicar la primera novela de un joven que resultó ser prometedor, probablemente más allá de la literatura, por el dinero que pudiera ganar la editorial, a eso quedamos en esta época. Y vi a Robert, me sorprendí de cierta forma, más que por el tiempo sin vernos, por el hecho de hallarlo en esta ciudad. Él estaba pagando sus compras y cruzamos miradas, él también se sorprendió y debió pensar esto que dije. -¡Antoine! ¡Qué sorpresa!-dijo él casi tirando sus bolsas. Yo me avergoncé un poco por su estrafalaria manera de saludar, pero así es cada quien. –Ha pasado tanto tiempo, ¿eh, Robert? –Un par de años, si mis cálculos no fallan. Te ves bien, amigo. Desapareciste sin dejar huella por nuestros lares. ¿Qué ocurrió? –Pensé en invitarlo a tomar algo y actualizarnos, pues era una historia larga. Le dije y accedió con su par de bolsas.

-No sé cómo empezar-dije yo-Es algo complicado. Digamos que se me presentó la oportunidad luego de graduarme de la universidad y, aunado a que tuve un problema delicado allá, no dudé en venir a empezar de nuevo. No me despedí debidamente por el problema per se, lamento eso-concluí tomando un sorbo de té caliente. –Ya veo, suena a algo fuerte. Creo saber qué fue. Recuerda que fuimos un grupo de amigos, y pues lo que ocurre dentro, se sabe entre nosotros al tiempo-señaló Robert. –Entiendo, lo debí suponer. Lo debes saber todo entonces. –No sé cuánto es todo, pero sí conozco el hecho. No tengo mucho de qué hablar sobre ello, pues era cosa de ustedes y fue hace tiempo que pasó. –Yo no sabía cómo continuar la conversación sin tener que reabrir esos capítulos del pasado, debía hacerlo, Robert debería comprender, además fue un buen amigo de esos años, lo menos que puedo hacer es relatarle lo sucedido. Pasado pisado, dicen. –Bueno, debo entender que ya sabes lo general. Me le declaré aquel diciembre a Caroline y las cosas fueron más emocionales de lo que pensé que debían ser. Cometí dos errores en ese tiempo: uno fue dejarla ir cuando corrió, y el otro fue buscarla cuando ya era tarde. Luego decidí irme, noté que también de alguna forma eso afectó al grupo-dije mirando mi vaso de té, ya medio vacío. –Caroline habló conmigo-sentenció llamando toda mi atención a estas palabras. Su pausa me hizo ver que esto era lo que él buscaba. –¿Qué te dijo?-pregunté yo entre las desgracias de la curiosidad humana. –Me contó todo, pero más allá de contarme todo, desde su perspectiva, desahogó sus sentimientos de dudas y de culpa. Ella sentía culpa de tenerte en una posición imposible-me miró Robert, como si estuviere confirmando ante mis reacciones si esto era cierto. –Y le dije todo lo contrario, pero no entendía. Parece que sí te quería mucho, pero nunca te pudo querer como tú la querías a ella. Y pues ella es una persona que siempre ha sido muy atenta y complaciente con sus seres queridos, donde caes tú, y le pusiste algo imposible de complacer para un corazón que no se enamora sino con la magia del destino. Y no sé, creo que las cosas deben ser así, sino entonces en dónde quedarían las razones para luchar por lo que amas, o poner límites a lo que no puedes amar- dijo él, y empezó a llover un poco.

Me quedé pensando en eso y mis oídos se hicieron sordos, creo que lo demás fue un relleno de lo mismo, algo codificado de otra forma para terminar de entender lo imposible y la magia del destino, que a veces creo que existe y a veces no. –Ella te quiso, y eso es lo importante. Tú la amaste y no supiste quererla, eso fue todo. El tiempo nos va moldeando, Antoine, y nos lleva a donde nos debe llevar para tener siempre opciones de encontrar estabilidad. Por eso estás aquí, por eso nos encontramos para decirte esto, y bueno, por parte de Caroline… ella también continuó. Ella me hizo mención de que la volviste a buscar, pero nunca me dijo de qué se trataba, se veía sentimental y no decidí no seguir el tema. Fue uno de los últimos días en que la vi antes que se mudase. -¿Se  mudó?- pregunté sorprendido. –Sí, a los pocos meses en los que te fuiste, ella también se fue. Lo último que supe fue que se casaría con su novio actual. Algo apresurado opino yo, pero bueno… así funciona esta vida.

Me quedé frío, siempre viví con la esperanza venenosa de tener una segunda oportunidad. De atajarla si hubiere intentado huir de mí. De no dejarla ir sin luchar. Mucho menos, de aparecer cuando ya todo estaba perdido. Me había marcado eso, pero nunca estuve al tanto de una realidad tan lógica como que ella, por su forma maravillosa de ser, hallaría a otro, el indicado. Por fin, este camino cansado se había terminado, y más aliviado que tardío, me sentí vacío. Mis pensamientos sobre sueños malditos e ilusiones mediocres sobre un quizás o lo que pudo ser, debían terminar. Como si le quitaren la droga al marginal de la esquina y sufriese crisis por la ansiedad. Era así. ¿Querer daña tanto? Pero Robert estaba allí y me miraba entre mis pensamientos. –Querer no duele, duele no saber querer.-dijo él como si leyese mi mente. No dije nada. –A veces deseamos más el estar con esa persona que querer el bien de esa persona. Anexamos ese bienestar como un agregado, un adorno, cual bambalina escondida en el hermoso pino de Navidad. Todo lo que deseamos para con nuestra amada, es sólo palabra, una manifestación de esta, nuestra obsesión, estar con esa persona, llenar un vacío, como los charcos se llenan de lluvia, de esta que está cayendo, pero cuando deja de llover…-él se detuvo y miró la ventana, y por el arte de la palabra, empezó a salir el sol. –Así se seca el agua por el sol, y quedamos vacíos de nuevo.-sentenció.

No dije nada, sólo dejé que mis gestos dijesen todo. Robert dejó su número en una servilleta, entendía que estaba lidiando con informaciones escondidas para mí y que se revelaron dejando entrar la luz. Como me dijo Marco, descuidaba a mis demás seres queridos, como dijo Robert, empecé a dejar de querer a Caroline y la vi como un espacio que ocuparía un tiempo en mi existencia. Como ella misma me lo dijo esa última vez que nos vimos… “Tú, vuelves a mí, y me duele dejarte así, pero no puedo llenar eso que buscas. Sólo esto puedo ofrecerte… y me duele, porque, no podemos hacer nada.” Y nada pudimos hacer, sólo sufrir con ganas y las desganas de vivir sin dolor. 26/12/05.

 lluviaenventana

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