Dulzuras y pecados de una mujer.

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Ser mujer no es un asunto sencillo en la vida, y muy pocos hombres lo logran visualizar, y otros muy pocos lo logran entender. Una mujer nace con la capacidad de proyectarse en múltiples situaciones y logra actuar de acuerdo a cada hipótesis que surge en su mente. Nosotros los hombres somos seres más simples en este aspecto y actuamos a voluntad de nuestro instinto; nos dejamos llevar por decisiones más sencillas y en sólo dos escenarios posibles, sólo jugamos con dos cartas contra un mazo lleno por parte de las mujeres.

La mujer tiene sus matices y no todas son iguales o actúan bajo la misma premisa o una misma meta: unas no desean formar una familia, otras tienen hambre de éxito personal, otras son más virtuosas y desean ir por el mundo alimentando el espíritu y la memoria. Hay otras más sencillas que sólo aspiran a tener su familia y a atenderla bajo sus costumbres y enseñanzas. Existe otras más peculiares que desean ser todo a la vez y, para maypr impresión, lo consiguen. Otras son parásitos del mundo que vagan dañando a las personas con relaciones tóxicas y perpetuas.

La mujer es la mitad del hombre, y no es una frase que indique que es un componente nuestro, sino que ambos conformamos a un sólo ser, pues nos complementamos unos a otros dentro de nuestra experiencia, inexperiencia, virtudes y defectos. No todas las piezas encajan, y algún día hallaremos la mujer que nos corresponde.

Cuando ese día llegue aprenderemos mediante caídas y raspones a tratarlas como debe hacerse; y al hacer esto no se trata de enaltecerlas como reinas o como diamantes en un altar hermético para contemplarlas, no. Una mujer debe ser tratada con respeto, como una amiga, como una compañera, como tu complemento. No hay que arrodillarse ante ella, sino tomar su mano, mirar a sus ojos y reconocerle a ella todas las maravillas que ha hecho y que algún día hará contigo, de tu mano. La mujer es agraciada con el don de transformar dos células y convertirlas en vida, y posee sus defectos, pues la mujer, sea como sea, tiene sus demonios y lidia constantemente con ellos: derrotas, desilusiones, desesperanzas, desasosiego.

Una mujer herida puede hundirse en el mar de la tristeza y puede llevarse gente consigo o morir sola en su trance. Nunca permitas que la mujer bregue con sus males en soledad, ayúdale a cargar con ese peso y a desecharlo, siempre que ella esté dispuesta a compartir de su karma contigo; se deben respetar sus decisiones, así sean erradas.

La mujer puede maquillarse de falsas alegrías y sonrisas para no demostrar debilidad, como también puede usar sus malos días para llamar la atención. La mujer es una fruta agridulce que es necesaria en nuestro entorno, en nuestro paisaje. De su néctar podemos crecer y contar historias de amor o desamor. Ellas escriben su diario con prosas divinas que muy pocos logran entender. La mujer es dulce con la suavidad de sus manos y venenosa con sus palabras afiladas y frías.

Definitivamente los hombres no poseemos ese abanico de situaciones con las que las mujeres lidian constantemente, pues sólo poseemos dos caminos para escoger: el sí o el no ante las situaciones que se nos presentan. No nos queda más que acompañarlas en su historia y ayudarlas a escribir el legado que desean dejar, nosotros proponemos nuestra compañía y ellas disponen de ella.

La mujer puede ser frágil y tener el temple de un roble antiguo. Así como ellas deben aprender de nosotros en algunas cosas, tenemos mucho que aprender de ellas en diferentes ámbitos y circunstancias, pues, no en balde, tienen el don de transformar la vida y arrojarla entre sus brazos y pechos para que esta crezca cual árbol en el bosque del mundo.

No existe mejor compañía, para bien o para mal, que ella. Valora lo que tenga para decirte, sea bueno o sea malo, pues de ello te impregnarás de alguna forma u otra para seguir en tu sendero, pues ellas son nuestras alas y nuestro fierro.

¿Qué seríamos de nosotros sin la mujer, sin su dulzura y sin sus pecados?

-Escrito por Alejandro Viloria. Martes, 15/11/2016.

 

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